Hay una cosa curiosa que sucede cuando pasas por una operación de cáncer y entras en la rutina de las revisiones: durante meses consigues apartarlo de la cabeza. No porque no importe, sino porque la vida —afortunadamente— sigue empujando. El trabajo, los amigos, los pequeños problemas cotidianos, los planes a medio hacer… todo eso ocupa su espacio.
Pero el día se acerca.
Y entonces empieza a estar más presente.
Más.
Y más.
Hasta que un día te descubres en el metro, de camino al hospital, con una opresión en el pecho que no sabes muy bien si es física o mental. O las dos cosas a la vez. El cuerpo, que muchas veces entiende antes que la cabeza, empieza a pasar factura. Y ahí estás tú, aparentemente entero, pero por dentro verdaderamente mal.
Luego llega la consulta.
Llega el dato frío: el PSA está por debajo de cero.
Llega la frase tranquilizadora: “La próxima revisión, en seis meses.”
Y entonces ocurre algo que no siempre se cuenta.
Primero te quedas como un gato deslumbrado por los faros de un coche. No saltas de alegría. No lloras. No reaccionas. Simplemente te quedas quieto, procesando. Y después, cuando sales a la calle, descubres que tampoco es tan fácil asumir la buena noticia. Asumir que la realidad es que la cosa va bien. Que sigues aquí. Que, al menos hoy, el horizonte existe.
Porque aceptar la fragilidad es duro.
Pero aceptar que sigues teniendo tiempo también lo es.
El tiempo, ese bien no renovable
Siempre me he considerado una persona con cierta afinidad por el estoicismo. El memento mori y el carpe diem no me resultan lemas de taza, sino recordatorios prácticos. Un día perdido es una lástima, porque ese no vuelve. Y un día bueno debería ser, casi por obligación moral, un día de agradecimiento.
Agradecimiento no grandilocuente, sino sencillo: estar vivo, tener gente, tener un mañana al que mirar aunque sea con prudencia.
La enfermedad —y en especial el cáncer— tiene una capacidad brutal para reordenar prioridades. De pronto entiendes que cada minuto cuenta, no como eslogan motivacional, sino como verdad incómoda. Que la vida no se mide solo en años, sino en presencia. En atención. En estar de verdad cuando estás.
Para quienes no han tenido un diagnóstico benévolo
Por eso este texto no quiere quedarse solo en la experiencia personal. Quiere ser, sobre todo, un abrazo.
Un abrazo a todas las personas cuyo diagnóstico no ha sido tan benévolo. A quienes viven con revisiones más duras, con tratamientos interminables, con incertidumbres que no caben en una agenda de seis meses. A quienes tienen que hacer un trabajo mental titánico cada día para no venirse abajo.
La parte mental importa. Importa mucho. No lo es todo —hay realidades que no se pueden obviar y finales que a veces llegan de forma injusta y dolorosa—, pero mientras haya esperanza y actitud, merece la pena aprovechar lo que la vida traiga: lo bueno, lo malo y lo regular.
No desde el optimismo ingenuo.
Desde la honestidad valiente.
Vivir sin hacer como si nada
Quizá la clave no esté en vivir como si no pasara nada, sino en vivir sabiendo que pasa. Que puede pasar. Y aun así elegir estar, elegir cuidar, elegir agradecer. No como obligación, sino como acto de lucidez.
Por eso, y sin ningún tipo de épica impostada, este texto quiere dejar constancia de algo sencillo: no olvidemos a las personas que padecen enfermedades oncológicas. No las reduzcamos a estadísticas ni a historias que solo recordamos en días señalados. Están aquí. Viven aquí. Luchan aquí. Y muchas veces, además, escuchan mejor que nadie.
La dedicatoria del próximo libro irá para ellas.
Porque hay batallas silenciosas que merecen ser examinadas como decía Sócrates.
Y porque, al final, mientras haya vida —con todo lo que eso implica—, merece la pena vivirla entera.
Un abrazo muy grande.