Dedicado a la memoria del compañero Enrique de Mora
(Foto, La Voz de Almería)
Hay algo que los perros parecen entender mejor que nosotros.
Cuando en casa alguien prepara una maleta, cambia determinadas rutinas o simplemente adopta esos pequeños gestos que anuncian una marcha, mi perro lo nota. Se inquieta. Nos observa. Ladra. No quiere que nos vayamos.
No sabe de política. No sabe de dinero. No sabe de ideologías, impuestos, cargos públicos, consejos de administración ni estrategias electorales.
Pero entiende algo fundamental:
estar juntos importa.
Entiende la presencia. Entiende la ausencia. Y, de alguna manera elemental, entiende también la pérdida.
Los seres humanos, paradójicamente, siendo capaces de leer a Aristóteles, Séneca o Marco Aurelio, podemos pasar una vida entera fingiendo que no comprendemos algo mucho más sencillo:
nos vamos a morir.
Y quizá buena parte de nuestros problemas empiecen precisamente ahí.
Vivimos como si esto fuera para siempre
Hace unos días volví a pensar en ello a raíz de la historia de Enrique de Mora.
Un profesional del mundo de la consultoría y la formación comercial. Alguien que, por edad, profesión y recorrido, inevitablemente me hacía encontrar ciertos paralelismos con mi propia vida.
Personas que van haciendo cosas.
Cursos.
Clientes.
Conferencias.
Reuniones.
Viajes.
Proyectos.
Llamadas.
Correos electrónicos.
Un día tras otro.
Hasta que un día deja de haber siguiente página.
Según conocí la historia, había salido a contemplar un amanecer en Almería.
Y ya no volvió.
No hace falta haber conocido profundamente a una persona para que su muerte te haga pensar.
Porque algunas muertes tienen la extraña capacidad de colocarnos un espejo delante.
Podría haber sido él.
Podría haber sido yo.
Podría haber sido cualquiera.
Esta mañana uno tiene agenda, preocupaciones, discusiones, objetivos, facturas y planes para dentro de seis meses.
Y, sin embargo, existe una posibilidad que continuamente expulsamos de nuestra conciencia:
que no haya seis meses.
Ni seis días.
Ni siquiera otra mañana.
Los estoicos construyeron buena parte de su filosofía alrededor de esta evidencia.
Memento mori.
Recuerda que morirás.
Pero no como una invitación al pesimismo.
Exactamente al contrario.
Recordar la muerte era una manera de aprender a vivir.
¿Para qué quieres tanto?
Cuando uno incorpora seriamente la muerte a la ecuación, determinadas conductas humanas empiezan a resultar difíciles de comprender.
¿Para qué quieres acumular cien si necesitas diez?
¿Para qué quieres robar?
¿Para qué quieres engañar?
¿Para qué quieres destruir la reputación de alguien?
¿Para qué quieres hacer miserable la vida de quien tienes alrededor?
¿Para qué quieres permanecer desesperadamente en un cargo?
¿Para qué necesitas tanto poder?
¿Para qué necesitas que todos te den la razón?
Quizá alguien responda:
para dejar dinero a mis hijos.
O a mis nietos.
Pero incluso eso merece alguna reflexión.
Porque dejar patrimonio puede ser admirable.
Lo que resulta bastante más difícil de defender es dejar a nuestros descendientes dinero conseguido mediante corrupción, engaño, abuso o aprovechamiento del prójimo.
¿Qué herencia es esa?
Una cuenta bancaria puede contener dinero.
Pero también puede contener la historia de cómo fue conseguido.
Hay fortunas que pesan.
Y probablemente el mejor patrimonio que podemos dejar no figure ante notario:
haber sido una persona decente.
Aristóteles ya nos había avisado
Hace más de dos mil años Aristóteles planteaba una idea mucho más sofisticada de la felicidad que la que manejamos actualmente.
La felicidad —la eudaimonía— no consistía simplemente en sentir placer.
Consistía en vivir bien.
Y vivir bien significaba desarrollar una vida de acuerdo con la virtud.
Esta distinción continúa siendo extraordinariamente moderna.
Porque podemos confundir fácilmente una vida agradable con una vida buena.
No son necesariamente lo mismo.
Se puede tener dinero.
Casas.
Viajes.
Sexo.
Restaurantes.
Coches.
Poder.
Reconocimiento.
Incluso una colección interminable de placeres.
Y aun así vivir una vida extraordinariamente pobre.
Porque el placer responde a una pregunta:
¿Qué me gusta?
Mientras que la ética plantea otra bastante más incómoda:
¿Qué merece la pena?
Y ambas preguntas pueden conducirnos a lugares completamente distintos.
El verdadero problema del poder
No creo que el gran problema de la política sea únicamente ideológico.
El problema es anterior.
Es humano.
Es la facilidad con la que una persona empieza a considerarse imprescindible cuando lleva demasiado tiempo rodeada de personas que le dicen que lo es.
El poder genera una peligrosa distorsión de la perspectiva.
Llegan los coches oficiales.
Los asesores.
Los escoltas.
Los despachos.
Las llamadas respondidas inmediatamente.
Las personas que esperan.
Las cámaras.
Los periodistas.
Los subordinados.
Y lentamente puede aparecer una idea profundamente absurda:
yo soy importante.
Mucho más importante que los demás.
Entonces el cargo deja de ser un instrumento para servir y empieza a convertirse en un instrumento para permanecer.
Y cuando permanecer se convierte en el objetivo, gobernar pasa a segundo plano.
Quizá por eso contemplamos demasiadas veces políticos extraordinariamente preocupados por ganar el siguiente relato y sorprendentemente poco preocupados por resolver el siguiente problema.
No es patrimonio exclusivo de una ideología.
Es una tentación del poder.
De izquierdas.
De derechas.
Del centro.
Del empresario.
Del sindicalista.
Del funcionario.
Del directivo.
Del presidente de una comunidad de vecinos.
Allí donde existe poder existe la posibilidad de utilizarlo mal.
Por eso precisamente necesitamos ética.
Gobernar no debería consistir en tener razón
Existe además otra perversión contemporánea de la política.
Gobernar se ha convertido demasiadas veces en comunicar.
Y comunicar, en convencer.
Y convencer, en construir un relato.
Al final terminamos entrando en una espiral peligrosa:
ya no importa tanto lo ocurrido como conseguir imponer determinada interpretación de lo ocurrido.
Es la victoria de la propaganda sobre la gestión.
Y cuando esto sucede repetidamente aparece una consecuencia devastadora:
la gente deja de creer.
La confianza tarda años en construirse y puede desaparecer en meses.
Cuando los ciudadanos perciben contradicciones, medias verdades, promesas incumplidas o propaganda permanente, el daño supera ampliamente al gobierno concreto que las protagoniza.
Porque termina contaminándose la propia institución.
Primero dejas de creer a un político.
Después dejas de creer a un partido.
Más tarde empiezas a desconfiar del Gobierno.
Y finalmente terminas dudando del Estado.
Llegados a ese punto ocurre algo especialmente peligroso: una persona puede acabar desconfiando incluso de información verdadera, de recomendaciones razonables o de instituciones que sí funcionan.
Y recuperar esa confianza resulta extraordinariamente difícil.
Por eso mentir desde una institución pública es mucho más grave que ganar una discusión política.
Se consume algo que pertenece a todos:
la credibilidad colectiva.
La mentira más peligrosa
Sin embargo, existe una mentira todavía mayor que todas las anteriores.
La que nos contamos a nosotros mismos.
La mentira de nuestra propia permanencia.
Nos comportamos como si fuéramos a estar aquí siempre.
Acumulamos resentimientos que necesitarían varias vidas para ser amortizados.
Construimos fortunas que necesitaríamos siglos para gastar.
Mantenemos enfrentamientos absurdos durante décadas.
Sacrificamos amistades.
Familias.
Salud.
Tiempo.
Todo para ganar partidas cuyo premio final muchas veces ni siquiera sabemos explicar.
Y mientras tanto el reloj continúa funcionando.
Marco Aurelio, emperador del mayor imperio de su tiempo, escribía para recordarse continuamente que también él desaparecería.
Resulta extraordinariamente significativo.
El hombre más poderoso de su época necesitaba repetirse:
no eres tan importante.
Quizá nuestros dirigentes necesitarían tener algo parecido escrito encima de la mesa.
No una encuesta.
No una estrategia electoral.
No las tendencias de una red social.
Una sola frase:
También tú morirás.
Tal vez gobernaríamos de otra manera
Imaginemos por un momento que quien toma una decisión pública fuera plenamente consciente de esto.
Que comprendiera realmente que dentro de unas décadas nadie recordará casi ninguna de sus declaraciones.
Que probablemente desaparecerán sus cargos.
Sus titulares.
Sus campañas.
Sus polémicas.
Sus adversarios.
Incluso muchas de las cosas por las que hoy está dispuesto a mentir.
Entonces quizá empezaría a hacerse otras preguntas.
¿A cuántas personas puedo mejorarles la vida?
¿Qué problema puedo resolver?
¿Qué puedo dejar funcionando?
¿Qué injusticia puedo evitar?
¿Qué decisión sería correcta aunque políticamente me perjudicase?
Eso sería política.
El resto puede terminar siendo simplemente administración del poder.
Necesitamos recuperar la ética
No hace falta inventar una nueva teoría moral.
Disponemos de varios miles de años de pensamiento humano.
Está Aristóteles.
Está Sócrates.
Está el estoicismo.
Está el cristianismo.
Está el judaísmo.
Está el hinduismo.
Está el budismo.
Está el pensamiento ilustrado.
Están multitud de tradiciones que, desde lugares completamente distintos, terminan llegando sorprendentemente a ideas parecidas.
No robes.
No mientas.
No hagas innecesariamente daño.
Controla tus deseos.
Ayuda al débil.
Sé justo.
No conviertas el dinero en tu dios.
No confundas poder con grandeza.
No hagas al otro lo que no quieres para ti.
Resulta curioso.
Hemos construido inteligencia artificial, enviamos sondas fuera del sistema solar y podemos comunicarnos instantáneamente con prácticamente cualquier lugar del planeta.
Y seguimos teniendo dificultades para cumplir cinco principios que un anciano podía explicar debajo de un árbol hace dos mil años.
Quizá el progreso tecnológico haya avanzado mucho más deprisa que nuestro progreso moral.
La borreguería tampoco ayuda
Pero sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a los gobernantes.
También existe una responsabilidad individual.
Las masas siempre han sido manipulables.
Lo fueron en Roma.
Lo fueron durante las guerras religiosas.
Lo fueron con los nacionalismos.
Lo fueron con los grandes totalitarismos del siglo XX.
Y siguen pudiendo serlo mediante televisión, propaganda, redes sociales, algoritmos, miedo, tribalismo político y emociones colectivas.
La solución no consiste en desconfiar automáticamente de todo.
Eso sería sustituir una forma de obediencia por otra.
La solución es bastante más difícil:
pensar.
Leer.
Contrastar.
Dudar.
También de aquello que confirma nuestras propias ideas.
Porque el pensamiento crítico de verdad no consiste en sospechar únicamente de nuestros adversarios.
Consiste en sospechar también de nosotros mismos.
Preguntarnos:
¿Y si estoy equivocado?
Quizá sea una de las preguntas más inteligentes que puede pronunciar un ser humano.
El amanecer
Y al final vuelvo inevitablemente a aquel amanecer.
Un hombre sale a verlo.
Probablemente pensando simplemente en contemplar algo hermoso.
Como millones de veces hacemos cualquiera de nosotros.
Y la vida, sin pedir permiso, cambia el argumento.
Esa imagen me resulta poderosa.
Porque un amanecer representa precisamente lo contrario de la muerte.
Representa empezar.
Otro día.
Otra posibilidad.
Otra oportunidad.
Pero precisamente porque algún día habrá un amanecer que no veremos, deberíamos cuidar mucho más los que sí podemos contemplar.
Tal vez vivir sea eso.
Intentar dejar las cosas un poco mejor de como las encontramos.
Querer a algunas personas.
Cuidar a algunos animales.
Construir algo.
Enseñar algo.
Aprender algo.
Ayudar a alguien.
Reír.
Trabajar.
Equivocarnos.
Pedir perdón.
Y procurar llegar al final pudiendo mirar hacia atrás sin demasiada vergüenza.
Porque finalmente todo acaba reduciéndose bastante.
No importa cuántos seguidores tuviste.
Ni cuántas elecciones ganaste.
Ni cuántos millones acumulaste.
Ni cuántas personas te obedecieron.
La pregunta será mucho más sencilla:
¿Qué hiciste con el breve tiempo que te dieron?
Y quizá todavía quede otra:
¿la vida de los demás fue un poco mejor o un poco peor porque tú estuviste aquí?
Esa sí me parece una pregunta política.
Una pregunta empresarial.
Una pregunta filosófica.
Y, sobre todo, una pregunta profundamente humana.
Porque al final, por mucho poder que acumulemos, por mucho dinero que guardemos y por muchas mentiras que consigamos convertir temporalmente en verdad oficial, existe una realidad frente a la que no cabe propaganda alguna:
nos vamos.
Y quizá comprenderlo sea el principio de empezar a vivir decentemente.