
Hay ideas que tardan décadas en llegar a la calle.
Nacen en un despacho universitario, pasan después a los libros, de los libros saltan a las universidades, de allí a los medios de comunicación y, algunas generaciones más tarde, terminan formando parte de nuestro lenguaje cotidiano.
Quizá algo parecido haya sucedido con algunas ideas de la Escuela de Frankfurt.
Hoy hablamos constantemente de identidad, discriminación, privilegio, estructuras de poder, género, minorías, lenguaje, representación, cultura dominante o desigualdad. Son conceptos presentes en universidades, empresas, publicidad, política, redes sociales y departamentos de recursos humanos.
¿De dónde procede esta manera de interpretar la sociedad?
La respuesta no es sencilla.
Pero para comprender una parte importante de nuestra cultura contemporánea conviene viajar cien años atrás.
A la Alemania de 1923.
El problema que Marx no había previsto
Karl Marx había pensado que las contradicciones del capitalismo conducirían inevitablemente a una creciente conciencia de clase.
Los trabajadores comprenderían que estaban siendo explotados, se organizarían y terminarían transformando el sistema.
Pero ocurrió algo extraño.
La revolución que Marx esperaba en las sociedades industriales avanzadas no llegó.
Los trabajadores alemanes, franceses, británicos o estadounidenses no se comportaron exactamente como preveía la teoría.
Muchos aspiraban a mejorar económicamente dentro del capitalismo.
Compraban casas.
Consumían.
Escuchaban la radio.
Iban al cine.
Votaban partidos que no eran revolucionarios.
Y además, en Europa comenzaron a aparecer movimientos políticos de masas completamente distintos del socialismo previsto por Marx.
Entonces surgió una pregunta extraordinariamente importante:
¿Y si la economía no fuera suficiente para explicar cómo funciona una sociedad?
Ese interrogante estaría en el corazón de la Escuela de Frankfurt.
En 1923 se creó en Frankfurt el Instituto de Investigación Social, inicialmente dedicado al estudio del socialismo, el movimiento obrero y el marxismo. Bajo la dirección posterior de Max Horkheimer, el proyecto se fue alejando del marxismo más ortodoxo para construir una crítica mucho más amplia de la sociedad.
Ya no bastaba con estudiar quién era propietario de las fábricas.
Había que estudiar también quién construía las ideas.
Marx, Freud y la cultura
Aquí aparece una de las grandes novedades de Frankfurt.
Sus pensadores comenzaron a combinar a Marx con otros autores, especialmente con Freud, Weber y Hegel.
La pregunta dejó de ser únicamente:
¿Quién controla los medios de producción?
Y empezó a ser también:
¿Cómo aprende una sociedad a considerar normal aquello que considera normal?
¿Por qué deseamos determinadas cosas?
¿Por qué obedecemos?
¿Por qué aceptamos unas jerarquías y rechazamos otras?
¿Por qué una sociedad puede incluso defender estructuras que, según estos autores, contribuyen a dominarla?
La dominación ya no debía entenderse únicamente en términos económicos.
También podía actuar a través de la cultura, la educación, la familia, los medios de comunicación, el lenguaje y las costumbres.
Este cambio es fundamental para comprender buena parte de la filosofía social posterior.
Horkheimer y la Teoría Crítica
Max Horkheimer fue una figura decisiva.
Frente a una teoría que simplemente describía la sociedad, proponía una Teoría Crítica capaz de descubrir las estructuras de poder y dominación escondidas detrás de aquello que aparentemente consideramos natural.
La sociedad no debía limitarse a observarse.
Debía preguntarse por qué es como es.
Y si podría ser de otra manera.
La Teoría Crítica convirtió así la sospecha en una herramienta intelectual.
Cuando una institución dice ser neutral, preguntémonos qué intereses existen detrás.
Cuando una sociedad considera una costumbre completamente normal, preguntémonos quién estableció esa normalidad.
Cuando todos pensamos aproximadamente lo mismo, preguntémonos cómo hemos llegado a pensarlo.
Es una forma de filosofía extraordinariamente poderosa.
Aunque también entraña un peligro evidente: si llevamos permanentemente la sospecha hasta el extremo, podemos terminar considerando que detrás de cualquier relación humana existe necesariamente una estructura de dominación.
Adorno y la industria cultural
Otro nombre fundamental es Theodor W. Adorno.
Junto con Horkheimer desarrolló una de las ideas más conocidas de Frankfurt: la industria cultural.
El cine, la radio, la música, la publicidad y posteriormente la televisión no serían solamente entretenimiento.
También producirían determinadas maneras de mirar el mundo.
La cultura de masas podía homogeneizar gustos, deseos y comportamientos.
Esto resulta curiosamente actual.
Solo tenemos que sustituir la radio de los años treinta por TikTok, Instagram, YouTube o nuestros algoritmos de recomendación.
Creemos elegir permanentemente.
Pero alguien decide qué aparece delante de nosotros.
Creemos estar consumiendo información.
Pero la información también está modelando nuestros deseos.
Frankfurt nos enseñó algo importante:
quien controla nuestra atención tiene una enorme capacidad para influir sobre nuestra percepción de la realidad.
Para cualquier persona dedicada al marketing, la comunicación o las ventas, resulta difícil encontrar una reflexión más contemporánea.
Marcuse: el puente hacia los años sesenta
Pero quizá el personaje más importante para comprender la conexión entre Frankfurt y determinadas corrientes culturales contemporáneas sea Herbert Marcuse.
Marcuse permaneció en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial y alcanzó una enorme influencia durante los años sesenta.
Su libro El hombre unidimensional analizaba cómo las sociedades industriales avanzadas podían integrar incluso la protesta dentro del propio sistema. La prosperidad, el consumo y el entretenimiento podían producir individuos aparentemente libres pero cada vez menos capaces de imaginar alternativas profundas.
Marcuse acabaría convirtiéndose en una referencia de la Nueva Izquierda, aunque él mismo rechazaba que lo presentaran simplemente como su “gurú”.
Y aquí se produce un cambio interesante.
El sujeto revolucionario ya no tenía por qué ser exclusivamente el trabajador industrial.
Podía encontrarse también entre estudiantes, minorías, movimientos antirracistas, movimientos de liberación sexual o colectivos situados fuera de las convenciones sociales dominantes.
La crítica económica comenzaba a transformarse también en crítica cultural.
Entonces, ¿la cultura woke nació en Frankfurt?
La respuesta históricamente rigurosa es: no directamente.
El término woke tiene otra genealogía. Procede del inglés afroamericano y aparece asociado desde las primeras décadas del siglo XX a la idea de mantenerse alerta frente a la discriminación racial. Una utilización célebre de stay woke aparece en una grabación de Lead Belly de 1938 relacionada con el caso de los Scottsboro Boys.
Décadas después, la expresión adquirió nuevos significados y terminó extendiéndose mucho más allá de aquel contexto.
Por tanto, sería una simplificación decir:
Frankfurt inventó lo woke.
No fue así.
Pero sí podemos encontrar una familia de preguntas que conecta determinadas tradiciones intelectuales del siglo XX.
La idea de que detrás de una aparente neutralidad puede existir poder.
La preocupación por grupos situados en posiciones sociales desfavorables.
El análisis de la cultura como instrumento de reproducción social.
La crítica de las categorías que una sociedad considera naturales.
La sospecha hacia determinados discursos dominantes.
Todo ello forma parte de una tradición intelectual mucho más amplia en la que Frankfurt tuvo una enorme importancia, pero en la que posteriormente aparecerían también el posestructuralismo francés, el feminismo, los estudios poscoloniales, la teoría racial crítica y muchas otras corrientes.
No existe una línea recta.
Existe un enorme árbol genealógico.
El mundo de hoy: la gran paradoja
Y aquí llegamos a nuestra sociedad.
Una parte del pensamiento contemporáneo nos ha enseñado algo valioso:
aquello que consideramos normal merece ser examinado.
Gracias a esa actitud crítica hemos podido discutir discriminaciones, prejuicios y desigualdades que durante décadas permanecieron ocultos o simplemente aceptados.
Pero toda filosofía contiene también el riesgo de su exageración.
La crítica puede convertirse en hipervigilancia.
La sensibilidad hacia la injusticia puede convertirse en búsqueda permanente del culpable.
La revisión del lenguaje puede terminar haciendo que las personas tengan miedo de hablar.
La defensa de identidades puede acabar encerrándonos precisamente dentro de nuestras identidades.
Y la idea de que todo contiene relaciones de poder puede conducir a interpretar cualquier conversación como una lucha entre opresores y oprimidos.
Quizá esta sea una de las grandes tensiones filosóficas de nuestro tiempo.
De Frankfurt podemos aprender también a desconfiar de Frankfurt
Hay una deliciosa paradoja.
Si algo nos enseñó la Escuela de Frankfurt fue precisamente a cuestionar las ideas dominantes.
Por tanto, aplicar verdaderamente su método significa estar también dispuestos a cuestionar las ideas que hoy se presentan como indiscutibles, incluidas aquellas que puedan haber recibido indirectamente parte de su influencia.
Pensar críticamente no consiste en sustituir un dogma por otro.
Consiste en conservar la capacidad de preguntar.
¿Quién afirma esto?
¿Por qué?
¿Qué evidencia existe?
¿Qué intereses intervienen?
¿Qué estamos dejando fuera?
¿Qué ocurriría si estuviéramos equivocados?
Esas preguntas sirven para la política.
Sirven para la empresa.
Sirven para las ventas.
Y sirven para la vida.
Porque quizá la verdadera herencia de Frankfurt no sea decirnos qué debemos pensar.
Quizá sea algo bastante más incómodo.
Recordarnos que incluso aquello de lo que estamos absolutamente convencidos merece, de vez en cuando, volver a ser pensado.