¿Tienes tendinitis en el pulgar de tanto hacer scroll en Instagram?
¿Te duelen las cervicales de llevar tres horas con la cabeza inclinada hacia delante mirando vídeos de quince segundos?
¿Sabes perfectamente qué coche conduce un influencer de Dubái, pero no tienes demasiado claro qué quieres hacer con tu propia vida?
Bueno.
A lo mejor ha llegado el momento de parar un poco.
No mucho, tampoco quiero provocar un trauma.
Pero quizá cinco minutos.
Y leer.
Sí, leer. Esa antigua costumbre consistente en colocar una palabra detrás de otra y dedicar unos minutos a pensar sobre ellas.
Tengo varias páginas web relacionadas con mi actividad profesional, con las empresas, las ventas y todo ese mundo en el que llevo tantos años metido. Pero hay una que es diferente.
filosofiacomercial.com es casi un hobby.
Aunque cuanto más tiempo pasa, menos convencido estoy de que sea solamente eso.
Porque me gusta la filosofía desde hace muchísimos años.
Muchísimo.
Y tengo que reconocer algo que no termino de comprender:
no entiendo que a la gente no le guste la filosofía.
Después lo pienso un poco y lo entiendo.
Hay fútbol.
Hay Netflix.
Hay TikTok.
Hay Instagram.
Hay vídeos de gatos cayéndose de una mesa.
Y contra eso, Sócrates compite francamente mal.
Sócrates, además, cometió el error de no tener departamento de marketing.
Las grandes preguntas tienen poco engagement
Cuando publico artículos desde Filosofía Comercial ocurre algo curioso.
Normalmente tienen bastante menos repercusión que otro tipo de contenidos.
Pocas visitas.
Pocos comentarios.
Pocos “me gusta”.
Y uno, que por muy filósofo que se ponga sigue siendo humano, mira las estadísticas.
Claro que las mira.
Publicas algo sobre “cómo cerrar una venta en cinco pasos” y funciona.
Publicas algo sobre “qué significa vivir bien” y parece que has enviado el artículo directamente a Marte.
Y me resulta fascinante.
Porque resulta que estamos hablando de algunas de las preguntas más importantes que puede hacerse una persona:
¿Qué es una vida buena?
¿Qué significa tener éxito?
¿Qué cosas dependen realmente de nosotros?
¿Cómo debemos enfrentarnos al fracaso?
¿Qué papel juega el dinero en nuestra felicidad?
¿Qué significa actuar correctamente?
¿Cómo distinguimos lo importante de lo urgente?
¿Qué responsabilidad tenemos sobre nuestras decisiones?
¿Cómo debemos relacionarnos con los demás?
¿Cómo afrontamos la muerte?
Nada.
Casi ninguna visita.
Ahora bien, publica:
“Las siete frases que utiliza un narcisista cuando quiere manipularte”
y explota Internet.
Algo estamos haciendo regular.
La filosofía no sirve para nada. Precisamente por eso sirve para casi todo
Existe una idea bastante extendida de que la filosofía es una especie de entretenimiento intelectual para personas con jersey de cuello vuelto que se reúnen alrededor de una mesa a discutir si la mesa existe realmente.
Y sí.
Alguna vez probablemente haya ocurrido.
Pero la filosofía es muchísimo más que eso.
Durante más de dos mil años, algunos de los seres humanos más inteligentes que han existido se han dedicado a pensar sobre los problemas que seguimos teniendo hoy.
Porque hemos cambiado los caballos por coches eléctricos y las cartas por WhatsApp, pero nosotros hemos cambiado bastante menos.
Seguimos teniendo miedo.
Seguimos teniendo ambición.
Seguimos sintiendo envidia.
Seguimos queriendo reconocimiento.
Seguimos enamorándonos.
Seguimos perdiendo personas.
Seguimos compitiendo.
Seguimos buscando dinero.
Seguimos queriendo saber si estamos haciendo lo correcto.
Seguimos preguntándonos qué demonios estamos haciendo aquí.
Epicteto no tenía LinkedIn.
Séneca no utilizaba CRM.
Aristóteles nunca hizo una presentación en PowerPoint.
Marco Aurelio no tuvo que preparar un forecast comercial trimestral.
Pero todos ellos pensaron profundamente sobre cuestiones que afectan directamente a nuestra manera de trabajar, dirigir empresas, vender, negociar y relacionarnos.
Un vendedor que sabe pensar vende mejor
Y aquí llegamos a una de mis obsesiones.
La filosofía tiene muchísimo que aportar al mundo comercial.
Muchísimo.
Vender no consiste solamente en aprender técnicas.
No consiste únicamente en saber hacer preguntas abiertas, gestionar objeciones o cerrar una operación.
Eso es importante, por supuesto.
Pero debajo de todo eso hay una persona hablando con otra persona.
Y ahí empiezan las preguntas interesantes.
¿Escuchas realmente a tu cliente o simplemente esperas tu turno para hablar?
¿Quieres solucionar su problema o colocarle tu producto?
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por alcanzar un objetivo?
¿Qué significa para ti ser un buen profesional?
¿Prefieres una venta hoy o una relación durante veinte años?
¿Puedes defender un precio sin sentir que estás engañando a nadie?
¿Sabes aceptar un “no” sin convertirlo en una tragedia personal?
Aquí aparecen Aristóteles, los estoicos, Kant, Nietzsche, Ortega, Schopenhauer y compañía.
Un buen comercial necesita técnica.
Pero también necesita criterio.
Y el criterio no se descarga en una aplicación.
Se construye pensando.
También necesitamos filosofía para dirigir empresas
En la empresa moderna hablamos constantemente de estrategia, innovación, liderazgo, productividad, propósito, cultura y valores.
Magnífico.
Pero convendría preguntarnos de vez en cuando qué significan realmente esas palabras.
Porque poner cuatro valores corporativos en la pared es relativamente sencillo.
Integridad. Innovación. Personas. Excelencia.
Fenomenal.
Luego llega diciembre, faltan dos millones para cumplir el objetivo y descubrimos exactamente cuánto vale la integridad.
Ahí empieza la filosofía.
Cuando hay que elegir.
Cuando dos cosas importantes entran en conflicto.
Cuando una decisión rentable puede no ser correcta.
Cuando cuidar a las personas cuesta dinero.
Cuando tenemos que decidir qué empresa queremos ser.
La filosofía no te proporciona siempre la respuesta.
Eso sería comodísimo.
Te proporciona algo bastante más valioso:
te ayuda a hacer mejores preguntas.
Y las empresas que hacen mejores preguntas suelen tomar mejores decisiones.
Algunos golpes podrían habernos salido más baratos
Hay otra razón por la que me interesa especialmente divulgar filosofía.
Cuando uno alcanza cierta edad empieza a descubrir algo bastante desagradable:
muchas de las grandes lecciones de la vida las ha aprendido a base de golpes.
Un socio equivocado.
Una relación equivocada.
Una decisión precipitada.
Una ambición absurda.
Una preocupación que nos quitó el sueño durante meses y que cinco años después resulta completamente irrelevante.
Y entonces lees a Séneca.
O a Epicteto.
O a Marco Aurelio.
Y piensas:
“Caramba. Este señor ya había explicado esto hace dos mil años.”
Y tú has necesitado perder dinero, dormir mal tres meses y discutir con media familia para llegar a la misma conclusión.
Quizá leer antes habría sido más barato.
No digo que la filosofía elimine los golpes.
Sería una publicidad engañosa.
Pero sí puede ayudarnos a comprenderlos.
Y, sobre todo, puede evitar alguno.
Con uno que evitemos ya hemos amortizado bastante lectura.
Para eso existe Filosofía Comercial
Ese es precisamente el espíritu de filosofiacomercial.com.
No pretende ser una facultad de Filosofía.
Ni quiero que nadie tenga que ponerse una toga antes de entrar.
La intención es mucho más sencilla.
Acercar grandes ideas.
Grandes filósofos.
Grandes preguntas.
Y relacionarlas con cosas que nos pasan todos los días.
Con nuestra vida.
Con los negocios.
Con las ventas.
Con el éxito.
Con el fracaso.
Con el dinero.
Con las relaciones humanas.
Con nuestra manera de tomar decisiones.
Porque cultivarse no consiste en acumular datos para parecer inteligente durante una cena.
Consiste en ampliar nuestra manera de mirar el mundo.
Leer a alguien que vivió hace quinientos, mil o dos mil años y descubrir que se hizo exactamente la pregunta que tú te estás haciendo ahora es una experiencia extraordinaria.
Y también bastante tranquilizadora.
Resulta que nuestros dramas no son tan originales como pensábamos.
Te propongo un experimento
No hace falta que dejes Instagram.
Tampoco nos pongamos radicales.
Pero te propongo una cosa.
La próxima vez que tengas diez minutos muertos, en lugar de ver treinta vídeos que probablemente habrás olvidado dentro de una hora, entra en filosofiacomercial.com.
Elige un artículo.
Uno.
Y léelo.
Puede que estés de acuerdo.
Puede que estés completamente en desacuerdo.
Perfecto.
La filosofía empieza precisamente ahí.
Cuando algo te obliga a pensar.
Cuando te preguntas por qué opinas lo que opinas.
Cuando una idea se queda rondando por tu cabeza.
Cuando miras una situación cotidiana de manera diferente.
No puedo prometerte que después de cuatro artículos seas más rico.
Ni más guapo.
Ni tengas 200.000 seguidores.
Ni aparezca un Lamborghini delante de tu casa.
Pero existe una posibilidad bastante razonable de que empieces a entender mejor algunas cosas.
A los demás.
A los negocios.
A las ventas.
Y, con un poco de suerte, a ti mismo.
Y entre nosotros:
para ser una página web que prácticamente es un hobby, tampoco está nada mal.
Menos scroll. Más preguntas.
Menos mirar. Más pensar.
Y, de vez en cuando, un poco más de filosofía.