Blog

La filosofía del motorista: entre el miedo, la libertad y la búsqueda de la moto perfecta

12/07/2026
Blog

1751365566990.jpg

No sé si existe oficialmente una filosofía del motorista, pero estoy convencido de que montar en moto acaba convirtiéndose en una forma de entender la vida.

A lo largo de los años he tenido muchas motos. No sé exactamente cuántas, pero probablemente unas cincuenta en los últimos treinta años. Algunas me han acompañado durante varios años; otras apenas han durado unas semanas. En determinadas épocas he tenido dos e incluso tres al mismo tiempo.

No dispongo del garaje ni del dinero necesarios para tener las doscientas motos que me gustaría, así que he tenido que conformarme con ir disfrutándolas por turnos. Comprar una, descubrirla, adaptarla, venderla y empezar a buscar la siguiente.

Porque una parte importante de mi afición no consiste solamente en montar en moto. También está en buscarla.

1668358237738.jpg

Encontrar la moto que, en un momento concreto de tu vida, parece reunir exactamente todo lo que necesitas es una investigación de mercado apasionante. Comparar modelos, precios, años, kilómetros, preparaciones y posibilidades. Imaginar cómo sería conducirla. Negociar su compra. Recogerla. Estrenarla. Y, a veces, reconocer apenas unos días después que te has equivocado y volver a ponerla a la venta.

Quizás por mi profesión y por mi vinculación con el mundo comercial, disfruto especialmente de ese proceso. Me gusta comprar, vender y, sobre todo, buscar. Después de tantos años, me conocen en muchas de las tiendas de motos de segunda mano de Valencia. Incluso he terminado haciendo amigos.

Entre ellos quiero mencionar a Vicente y a Miguel, que siempre me han tratado estupendamente y con quienes todavía sigo haciendo operaciones. En alguna ocasión he llegado incluso a venderles las motos de dos en dos.

1751448517093.jpg

Comprar motos a escondidas

Mi relación con las motos comenzó muy pronto.

Empecé a trabajar siendo joven y, mientras todavía vivía en casa de mis padres, utilizaba parte de lo que ganaba para comprarme motos. El problema era que en mi casa aquella afición no despertaba demasiado entusiasmo.

Las guardaba en un garaje e intentaba mantenerlas discretamente alejadas de la supervisión familiar. Pero alguna vez mi madre encontraba un casco o descubría de alguna manera que había aparecido una nueva moto. Entonces me obligaba a venderla.

Así comenzó una dinámica que, en cierta forma, nunca ha terminado: comprar una moto, disfrutarla y venderla para que llegara otra.

En aquellos primeros años tuve varias Vespas. Recuerdo especialmente una Vespa 160 con la que llegué a presentarme al examen práctico del permiso de conducir. Iba al examen conduciendo la propia Vespa, suspendía y regresaba a casa nuevamente con ella. Eran otros tiempos.

1668358337303.jpg

También conseguí entonces la que consideraba la moto de mis sueños: una Yamaha dos y medio Special. Tener aquella moto fue una sensación extraordinaria. Probablemente fue una de las primeras veces en las que comprendí que las motos podían producir algo difícil de explicar racionalmente.

Desde entonces, de una forma u otra, siempre me han acompañado.

1754748409855.jpg

El miedo también forma parte del viaje

Nunca he sido un gran piloto. No soy de los que sacan la rodilla en las curvas ni de los que necesitan demostrar constantemente hasta dónde pueden llegar. Sí he entrado alguna vez en circuito, principalmente para recibir clases y aprender a conducir mejor, pero mi relación con la moto tiene más que ver con disfrutar que con competir.

Además, siempre les he tenido respeto. Más que respeto, posiblemente miedo.

A veces pienso que una persona puede tropezar caminando por una acera, caer al suelo y romperse un brazo. Y eso simplemente andando. Con sesenta años, uno es además mucho más consciente de las consecuencias que puede tener cualquier caída.

Por eso, cuando pienso en lo que puede ocurrir al caer de una moto, el riesgo me parece evidente y tremendo.

He sido generalmente cuidadoso, aunque he tenido algunos sustos. Alguno de ellos me ha hecho vender inmediatamente la moto que tenía en ese momento. Después de una experiencia desagradable, uno puede convencerse de que ha llegado el momento de abandonar definitivamente esta afición.

Pero, al cabo de un tiempo, vuelve el gusanillo.

Y empieza otra vez la búsqueda.

Esa convivencia entre el miedo y el disfrute forma parte de la filosofía del motorista. No se trata de negar el peligro, sino de reconocerlo, respetarlo y decidir cómo quieres convivir con él.

La moto te obliga a aceptar que no todo puede controlarse, pero también te enseña que el miedo no tiene por qué impedirte disfrutar.

1759916363832.jpg

De la Suzuki GS500 a la BMW R18

La primera moto que yo consideré realmente grande fue una Suzuki GS500.

En aquel momento me parecía enorme. Tanto que un día se me cayó encima del coche de mi mujer, mientras estaba aparcada, y le hizo un bollo. Con los años he tenido motos mucho más grandes y pesadas, pero aquella Suzuki fue mi primera aproximación a lo que yo entendía entonces por una moto seria.

Mucho después llegaría, por ejemplo, una BMW R18. Una moto espectacular, pero también verdaderamente grandota. Lamentablemente tuve que venderla porque me quedé sin una plaza de garaje en la que cupiera con comodidad.

Con el tiempo se pierde parte del miedo al peso, especialmente cuando entras en el mundo Harley-Davidson. Allí te acostumbras a convivir con motos que pesan una barbaridad.

1747568098932.jpg

Mi primera Harley fue una Dyna Super Glide. Es una de esas cuatro o cinco motos que me habría gustado conservar. Pero no se puede tener todo, y mucho menos cuando te atraen tantos modelos diferentes.

También he tenido Sportsters, más ligeras y manejables, y una Sport Glide que igualmente me arrepiento de haber vendido. La compré en unas condiciones magníficas y era una moto que tenía prácticamente todo lo que necesitaba.

Pero se cruzó otra moto por delante.

Y eso, en mi caso, suele ser el principio del fin.

1727930068770.jpg

Cinco o seis Forty-Eight y el placer de transformar

He tenido cinco o seis Harley-Davidson Forty-Eight. He perdido la cuenta.

Es una moto que me parece fantástica por su diseño y, especialmente, por las posibilidades que ofrece para modificarla y hacerla tuya. Cambiar piezas, trabajar los detalles y conseguir que una moto fabricada en serie termine siendo completamente personal.

En alguna de ellas sustituí el pequeño depósito original por uno de diecisiete litros y desarrollamos una pintura personalizada. Actualmente todavía tengo a la venta en Wallapop uno de esos depósitos pintados a mano.

Es una verdadera maravilla y convierte cualquier Forty-Eight en una pieza única.

Lo pintó Andrés, de AJ Paint, un profesional extraordinario en este tipo de trabajos. Tú le explicas el proyecto que tienes en la cabeza y él no solo lo interpreta, sino que consigue mejorarlo.

1668358261494.jpg

También tuve una Harley XR, una moto bastante peculiar: una Sportster con unos noventa caballos. Era un auténtico aparato y también la disfruté muchísimo.

Preparar una moto tiene algo especial. Durante semanas o meses piensas en el proyecto, buscas las piezas, eliges los colores y decides cada detalle. El proceso resulta enormemente estimulante.

Pero algunas veces, cuando finalmente la moto está terminada, aparece una pregunta inevitable:

¿Y ahora qué?

Entonces comienza a apetecerte desarrollar otro proyecto. Imaginar una moto diferente. Volver a buscar. Vender la que acabas de terminar y empezar de nuevo.

La satisfacción no está únicamente en poseer el resultado. También está en construirlo.

1742964989133.jpg

BMW, Triumph y todas las motos que tienen algo que contar

También he tenido varias BMW.

Compré nueva una BMW R nineT Scrambler, aunque no me duró demasiado. Más tarde tuve una R nineT estándar, una moto verdaderamente preciosa, con un diseño difícil de mejorar.

Sin embargo, nuevamente se cruzó otra cosa en mi camino.

La moto que tengo ahora encargada y que está pendiente de llegar es una Triumph Thruxton. Una café racer de estética clásica, muy vinculada a ese universo elegante de la Distinguished Gentleman’s Ride.

Me parece una moto bellísima.

También he tenido motos trail. Recuerdo especialmente una Triumph Tiger 800 que conservé durante tres años. Me dio muy buenas sensaciones, no me planteó ningún problema importante y me permitió disfrutar de otra forma de viajar.

Todas las motos tienen algo.

Algunas son prácticas. Otras son cómodas. Algunas te enamoran por su diseño, aunque después no resulten tan agradables de conducir como imaginabas. Otras no llaman especialmente la atención en una fotografía, pero cuando las utilizas descubres que funcionan extraordinariamente bien.

Hay motos que te conectan con un grupo de amigos. Otras te invitan a viajar solo. Algunas representan una etapa de tu vida y otras simplemente te enseñan lo que no quieres volver a comprar.

Incluso las que he vendido a la semana de tenerlas forman parte de la historia.

1668358249087.jpg

Las dos caras de la moto

Para mí, la moto ha tenido siempre dos dimensiones muy diferentes.

La primera es la práctica.

Para ir a trabajar y desplazarse por Valencia, una Vespa o un scooter moderno no tienen comparación. Te permiten moverte con rapidez, aparcar fácilmente y resolver los desplazamientos cotidianos de una manera enormemente eficiente.

La segunda dimensión es emocional.

Durante los fines de semana me gusta salir a hacer una ruta, ir a almorzar con los amigos o conducir sin un destino especialmente importante. He participado en grupos de carretera y en grupos de Harley. En ese mundo, la moto es también una excusa para reunirse, conversar y compartir experiencias.

Los almuerzos, las rutas y los amigos forman parte inseparable de la cultura motera.

Pero también disfruto mucho viajando solo.

Esos recorridos en soledad sirven para pensar y poner la vida en orden. Mientras conduces una moto debes mantenerte concentrado en la carretera, en las curvas, en el tráfico, en el estado del asfalto y en todo lo que sucede a tu alrededor.

No queda demasiado espacio mental para los problemas cotidianos.

En ese sentido, montar en moto se parece mucho al mindfulness. Te obliga a estar en el presente. No puedes conducir pensando simultáneamente en diez preocupaciones diferentes. Durante ese tiempo solo existen la carretera, la moto y tú.

Recuerdo también la primera vez que tuve un casco con el que podía escuchar música durante una ruta. Circular por una buena carretera, con el paisaje delante y una canción que te gusta sonando dentro del casco puede convertirse en un momento de felicidad absoluta.

De esos momentos sencillos en los que piensas: esto es una maravilla.

1741206349127.jpg

La moto como filosofía comercial

En las formaciones comerciales que imparto a través de vasavender.com suelo hablar de la importancia de comprender los deseos de las personas.

Y pocas cosas me han permitido observar tan claramente el funcionamiento del deseo como las motos.

Uno puede tener una moto excelente y, sin embargo, seguir mirando anuncios de otras. Puede convencerse de que necesita una trail porque va a viajar, una Harley porque quiere compartir rutas con amigos, una Vespa para desplazarse por la ciudad o una café racer simplemente porque le parece una obra de arte.

La decisión de compra no se basa exclusivamente en características técnicas.

Compramos también una posibilidad. Una identidad. Una historia que imaginamos vivir con aquel producto.

En realidad, rara vez buscamos solamente una moto. Buscamos lo que creemos que vamos a sentir cuando la tengamos.

Y esa es una lección comercial extraordinaria.

Durante la búsqueda, la moto parece contener todas las respuestas. Cuando finalmente la compramos, comienza la realidad: descubrimos sus virtudes, sus defectos y si verdaderamente encaja en nuestra vida.

A veces se produce una relación duradera. Otras veces aparece rápidamente una nueva ilusión.

La filosofía comercial y la filosofía del motorista coinciden en algo importante: las personas estamos siempre buscando. Buscamos productos, experiencias, emociones, relaciones y proyectos que nos ayuden a avanzar.

Y muchas veces la felicidad no está solamente en encontrar, sino también en el propio proceso de búsqueda.

1735391280733.jpg

Saber disfrutar y saber dejar marchar

Aquí tengo que agradecer especialmente a mi mujer, Cristina, que haya consentido y soportado esta afición durante tantos años.

No debe de ser sencillo convivir con alguien que puede aparecer con una nueva moto, que dedica horas a mirar anuncios y que, cuando parece haber encontrado por fin la moto perfecta, empieza poco después a interesarse por otra.

Algunas motos me habría gustado no venderlas. La Dyna Super Glide, la Sport Glide y varias más forman parte de esa lista. Pero también hay una enseñanza en aceptar que no podemos conservarlo todo.

Las motos pasan. Algunas permanecen durante años y otras apenas unas semanas. Cada una deja una experiencia y ocupa un momento concreto de nuestra vida.

Probablemente por eso sigo disfrutando tanto al recordar las que he tenido y al imaginar las que todavía me quedan por tener.

Quien quiera ver algunas de ellas puede encontrarlas en mi perfil de LinkedIn. He utilizado la experiencia de mis dos primeros trabajos —esa zona situada al final del perfil donde casi nadie mira— para colocar algunas fotografías de mis motos.

No están todas. De algunas no conservo imágenes. Otras me duraron tan poco que ni siquiera tuve tiempo de fotografiarlas. Pero las que aparecen allí representan diferentes etapas, decisiones y formas de disfrutar de esta afición.

No soy un gran motociclista. Soy simplemente alguien a quien le gustan las motos, su diseño, la sensación de conducirlas, las personas que se conocen gracias a ellas y todo el proceso comercial que existe a su alrededor.

Puede que la filosofía del motorista consista precisamente en eso: aprender a convivir con el miedo sin dejar de disfrutar, concentrarse en el presente, compartir el camino con otros y aceptar que, en determinados momentos, también hay que viajar solo.

1742965055073.jpg

Y comprender que ninguna moto será definitivamente la última.

Aunque cada vez que encargamos una nueva estemos completamente convencidos de que esta vez sí lo será.

Felipe Pérez de Madrid