Articulo

Ética y política: el gran teatro de España

22 de agosto de 2025
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Vivimos en un escenario en el que ya hemos visto casi de todo. Hemos contemplado a unos y a otros llevarse sobres, enchufar a hermanos, robar a manos llenas y colocar a personas en cargos que todos sabemos que no son honestas. Y lo hacen, además, de una manera zafia, vulgar, como si la ciudadanía no mereciera ni siquiera el disimulo. Hemos visto cómo se desprecia nuestro dinero, cómo se multiplican los asesores cuya función es un misterio, cómo se consolida la percepción de que, gobierne quien gobierne, la obra que se representa es siempre la misma.

Porque esto, efectivamente, es un teatro. Un teatro político en el que los actores principales cambian de vestuario, de discurso o de eslogan, pero en el que la trama es idéntica: sostener un sistema que protege a la casta política mientras se lucran a nuestra costa.

La oposición, por ejemplo, dispone de un arsenal infinito de material para denunciar corrupción, malas prácticas, enchufes y clientelismo. Sin embargo, rara vez hace de ello un combate permanente. ¿Por qué? Porque también guarda cadáveres en el armario. Porque nadie levanta la voz con la intensidad que debería si teme que alguien abra, en represalia, el cajón de sus propias miserias. En definitiva, todos participan de este pacto tácito: el silencio por supervivencia, la impunidad por consenso.

El sistema del 78 y la degradación de la política

No podemos obviar que gran parte de esta situación hunde sus raíces en lo que se denomina “el sistema del 78”. La Transición fue, sin duda, un momento histórico de extraordinaria importancia, pero también diseñó un marco político que, con el tiempo, se ha vuelto impermeable a la regeneración. Lo que en su origen era pacto para evitar conflictos, se transformó en blindaje para una clase dirigente que se hizo cada vez más audaz y más temeraria.

Los aforamientos son ejemplo claro de esa autodefensa corporativa: figuras jurídicas que garantizan a los políticos una capa de impunidad, alejándolos del juicio ordinario y del ciudadano común. Aristóteles ya advertía que la igualdad en la polis era condición indispensable de la justicia; sin embargo, aquí nos encontramos con una sociedad en la que la igualdad ante la ley se convierte en ficción teatral.

La pertenencia a un partido político, lejos de fortalecer la identidad cívica, disuelve la individualidad en favor de la obediencia. Se vota lo que dicta el partido, se asume el discurso que conviene a la dirección, se calla lo que incomoda. Y a cambio, el individuo recibe el calor de la masa: apoyo en los malos momentos, defensa cuando la justicia llama a la puerta, incluso indulgencias tácitas cuando la cárcel se convierte en destino. Es una inversión calculada: entregas tu libertad de conciencia y recibes a cambio protección, impunidad y, en ocasiones, poder.

Ética ausente y filosofía ignorada

La pregunta es: ¿cómo es posible vivir sin ética? ¿Cómo puede un ser humano convencerse de que el abuso, la mentira o el expolio son aceptables? La filosofía clásica tenía respuestas claras. En la Grecia de Sócrates, quien corrompía la verdad o confundía el bien y el mal podía enfrentarse al desprecio público o, como el propio Sócrates, a la cicuta. Hoy, en cambio, la desvergüenza parece no tener castigo.

Cicerón, en su tratado De officiis, señalaba que la corrupción del alma comienza cuando la utilidad se pone por delante de la justicia. ¿Qué es la política actual sino un gigantesco mercado de utilidades privadas disfrazadas de interés público? Se habla en nombre del pueblo, pero se actúa en nombre del partido, del amigo, del hermano o del bolsillo propio.

Los valores que sustentaban la ética clásica —virtud, templanza, justicia, prudencia— han sido sustituidos por otros términos vacíos: gobernanza, resiliencia, sostenibilidad. Palabras que se repiten en discursos y planes estratégicos, pero que se quedan en mera retórica, sin anclaje en la conducta real de quienes las pronuncian.

Democracia sospechosa

Si democracia significa gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, ¿qué clase de democracia es la que tenemos cuando el pueblo asiste impotente al espectáculo de su propio expolio? El problema no es solo que haya corruptos: el problema es que el sistema parece diseñado para que el corrupto tenga más oportunidades que el íntegro.

Ya se empiezan a escuchar voces que ponen en duda la misma legitimidad del sistema democrático tal como está configurado. No porque se reniegue del principio, sino porque se percibe que la práctica se ha alejado demasiado del ideal. Democracia convertida en teatro: urnas que legitiman pero no regeneran, partidos que se renuevan en apariencia pero que repiten los vicios de sus predecesores, instituciones que se presentan como neutrales pero que son instrumentos de intereses particulares.

El peligro no es menor. Platón, en La República, advertía que una democracia degradada fácilmente degenera en tiranía, porque el vacío ético y el desencanto ciudadano son caldo de cultivo para el autoritarismo.

¿Nuevos partidos, nuevo marco?

Frente a este panorama, muchos depositan sus esperanzas en la aparición de nuevos partidos, en la posibilidad de que surjan movimientos políticos capaces de recuperar un proyecto auténtico de país. Pero no cualquier partido vale. No hablamos de partidos que quieren dinamitar la convivencia o que persiguen la fragmentación territorial; hablamos de fuerzas que crean comunidad, que ponen en el centro un proyecto compartido, que atraigan a personas con vocación de servicio y no de saqueo.

La pregunta, sin embargo, es si un sistema tan blindado como el actual permite esa regeneración desde dentro. Montesquieu recordaba que todo poder necesita límites, contrapesos y controles efectivos. ¿Cómo regenerar un sistema en el que los controles se han debilitado, en el que los contrapesos están colonizados y en el que la masa protege al corrupto en vez de exigirle cuentas?

Quizá el nuevo marco político tenga que nacer no tanto de partidos nuevos como de una cultura ciudadana nueva. Una cultura que entienda que el voto no es cheque en blanco, que la ética es inseparable de la política y que la pasividad es cómplice.

¿Qué hacer en el futuro?

La gran incertidumbre es qué puede pasar en el futuro. Porque además de la terrible gestión económica que padecemos, lo que está en juego es la credibilidad misma de la democracia.

Se puede imaginar un camino de deterioro progresivo: más corrupción, más impunidad, más descrédito institucional, más desafección ciudadana. Pero también se puede imaginar un camino de recuperación, aunque sea arduo: volver a la filosofía, rescatar el sentido clásico de la política como arte de lo común, recordar que la ética no es un lujo intelectual sino la condición mínima para la convivencia.

Quizá el futuro dependa de nuestra capacidad para hacer lo que hacían los filósofos griegos: preguntar sin descanso, incomodar al poder, exigir coherencia. Sócrates lo pagó con la cicuta, pero también sembró la semilla de la filosofía moral que aún hoy ilumina nuestras reflexiones.

El ciudadano del siglo XXI tiene medios infinitamente superiores a los del ateniense: redes sociales, acceso a información, capacidad de organización. La pregunta es si tenemos también la voluntad de usarlos para exigir valores y no solo para indignarnos.

El espejo de la ética

Al final, la política es un espejo. Refleja no solo la caradura de quienes nos gobiernan, sino también la tolerancia de quienes les soportamos. Es cierto: hay mucha falta de ética en quienes toman decisiones, pero también hay una cierta renuncia en la sociedad a reclamarla con firmeza.

Si la filosofía comercial tiene algún sentido, es precisamente este: recordarnos que incluso en el mundo de los negocios, en la vida profesional y en la gestión diaria, la ética no es negociable. En política ocurre lo mismo. Sin ética, no hay confianza; sin confianza, no hay comercio posible; y sin comercio, no hay comunidad duradera.

La política sin ética es un teatro de máscaras, y nosotros los espectadores cómplices. La única manera de cambiar el guion es asumir que no basta con criticar a los actores: hay que cuestionar el escenario entero.

Y tal vez, solo tal vez, recordar que cuando Grecia dudaba entre lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, la respuesta nunca era el aplauso fácil, sino la cicuta. No para glorificar la muerte, sino para advertir que la vida sin virtud se convierte en farsa.